Jorge Sánchez Herrera – Nómena Arquitectura
Arquitecto/Urbanista
jorge@nomena-arquitectos.com

Muchas veces, las normas con las que las autoridades planifican la ciudad responden a problemas de forma genérica y aislada, sin tener primero una visión de la calidad del espacio urbano que se quiere lograr. Por ejemplo, en el caso de los requerimientos de estacionamientos para cafés o restaurantes, la norma suele pedir una cantidad de espacios según el área del comedor o de mesas. Pero la norma se aplica indiferente a la ubicación o dimensión del lote del local, sin importar si hay cerca playas de estacionamiento públicas, o si está más o menos bien servida por líneas de transporte público. Y lo más importante, la norma se aplica sin importar el impacto que estos estacionamientos tendrán en el espacio urbano.

En la foto, un café miraflorino tiene unos cinco o seis estacionamientos que ocupan todo el frente del local, dejando un escueto espacio para el ingreso peatonal. En una paradoja arquitectónico-urbana, toda el área de mesas debe “volar” para dar cabida a los espacios de parqueo. La norma, en este caso, se aplica sin importar que el local está a menos de 50 metros de dos playas de estacionamiento de acceso público, la del Hotel Marriott y la de Larcomar (con las cuales podrían tener un convenio) y, sobre todo, que el café se ubica en uno de los barrios más caminables y multifuncionales del distrito.

En la mayoría de ciudades, lo que se busca es tener calles y barrios más caminables y atractivos, tratando de diluir el límite entre calle y edificio, permitiendo (y estimulando) que las actividades de los cafés y restaurantes ocupen parcialmente la calle. Y no son ciudades en las que la gente no maneje o no existan los autos, pero las autoridades entienden que es mucho más importante plasmar una visión de ciudad contemporánea, y resuelven el problema de estacionamientos acorde a ello.

El argumento usual a favor de estas normas sostiene que, si estos requerimientos de estacionamientos no existieran, los autos ocuparían cualquier espacio disponible en la calle. Pero esto sucede de cualquier forma, porque los limeños pensamos que tenemos el derecho de cuadrarnos en el espacio público. En un lugar civilizado, vendría la grúa y la multa sería tal que se nos quitarían las ganas de volver a hacerlo. El problema de los autos en la calle no es la falta de espacio, sino la falta de fiscalización.

Entonces, si las autoridades tuvieran una visión espacial clara de los tipos de barrios y calles que quieren generar, o vieran un poco cómo funcionan las cosas en otras ciudades, entenderían que los autos podrían estacionarse en bolsones puntuales que ya existen (o que deberían promoverse en lugares estratégicos) en lugar de pretender que el problema sea resuelto de forma individual en cada lote.


Ejemplo de una cafetería en Atenas


Ejemplo de una cafetería en Buenos Aires


Ejemplo de cafetería en Chicago

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