19 de octubre de 2017

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Enfermedades invisibles, por Verónica Klingenberger

“Más gente cree en las brujas o los chamanes que en los psiquiatras, y tantos otros prefieren las hurras del coaching al diván”.

Enfermedades invisibles, por Verónica Klingenberger Salud mental en el Perú es un tema pendiente. (Shutterstock)

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

En el Perú, la psiquiatría sigue siendo un tabú. Hablar de enfermedades mentales todavía conlleva un estigma basado en el prejuicio y la ignorancia y es algo que se evita a toda costa en la mayoría de centros laborales y grupos sociales. Así, agobiados (seis de cada diez peruanos señala que su vida ha sido estresante el último año), ansiosos y deprimidos, los peruanos vivimos al borde de un colapso nervioso.

El Instituto Nacional de Salud Mental calcula que alrededor del 20% de peruanos sufre de depresión y que cada día entre uno y tres peruanos se suicidan, en el 95% de los casos por un trastorno mental que nunca fue tratado. Aún con esas cifras, solo existen 700 psiquiatras y 1.500 psicólogos en un país con alrededor de 32 millones de personas. ¿Por qué?

La mayoría de peruanos, sin importar su grado de educación, sospecha de las enfermedades mentales y las percibe como síntoma de debilidad, engreimiento y malos hábitos. La mayoría de corporaciones no cuenta con programas de asesoría psicológica aun cuando la “psicopatía corporativa” es motivo de diversas investigaciones en países como Estados Unidos e Inglaterra. Más bien, las enfermedades mentales deben esconderse en el ambiente laboral porque son percibidas de manera negativa y en muchos casos pueden ser motivo de estancamiento o discriminación. Es muy raro que entre colegas compartan información sobre su dosis diaria de Prozac o Rivotril, mucho menos sobre los síntomas que sufrieron antes de ser diagnosticados.

¿Qué hacer para que la salud mental sea considerada seriamente? ¿Cómo convencer a la mayoría de que así como uno necesita medicarse por ser diabético o tener la presión alta debe hacerlo también si sufre de depresión, pensamientos obsesivos o de una ansiedad desbocada? La pobreza, claro, es otro gran obstáculo para la mayoría de peruanos: la terapia es casi un lujo de la privilegiada clase alta. ¿Qué hacer para que la salud mental pueda ser accesible a todos los peruanos? Una buena idea sería implementar centros de salud mental en todos los hospitales regionales y distritales del país, debidamente equipados y con personal de primer nivel.

El tabú, claro, no solo es marca Perú. En Inglaterra, por ejemplo, el estigma es el mismo. Una encuesta realizada por la campaña Time to Change (Hora de cambiar) impulsada por el Instituto de Psiquiatría de ese país, reveló que la mayoría de ingleses prefiere confesar que tiene un problema con la bebida o que está en bancarrota antes que aceptar que sufre de alguna enfermedad mental. También que las personas son cuatro veces más propensas a romper una relación romántica si su pareja es diagnosticada con depresión grave a que si desarrollara una discapacidad física.

Volviendo al Perú, muchos buscan una salida en las terapias alternativas: más gente cree en las brujas o los chamanes que en los psiquiatras, y tantos otros prefieren las hurras del coaching al diván. El deporte y la alimentación sin duda ayudan a que nos sintamos mejor, pero no serán suficientes si sufrimos de bipolaridad (una enfermedad diagnosticada a 300 mil peruanos), depresión o esquizofrenia. Cada caso merece un riguroso y estudiado diagnóstico y una receta diseñada según las necesidades de cada paciente.

Para empezar a cambiar, deberíamos perder el miedo a hablar. La vida ya es lo suficientemente difícil como para escondernos detrás de falsas sonrisas.

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