25 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

La culpa en los niños [CONSEJOS]

Explicándoles a los niños la función que tiene la culpa en nuestras vidas, los ayudamos a vivir sanamente esta emoción y sobre todo, a desarrollar su sentido de responsabilidad y conciencia moral.

La culpa en los niños [CONSEJOS] (Foto: Shutterstock)

María de los Angeles Del Castillo
Departamento Psicopedagógico
Colegio AntaresCPAL

Un niño le cuenta a sus padres: “jugando fútbol rompí el jarrón de la sala, fue mi culpa”, otro niño le dice a la profesora: “se rompió, él tiene la culpa por prestarme su juguete”. Desde pequeños, a partir de nuestras experiencias, aprendemos a sentirnos culpables o culpar a los demás para no sentirnos mal. Aunque muchas veces no queremos experimentar la emoción de culpa, sentirla tiene una función adaptativa y se relaciona con el desarrollo moral. Aparece ante una falta que hemos o creemos que hemos cometido o a la inversa, no hicimos algo que creíamos que debimos haber hecho.

Muchos padres piensan que es malo permitir que sus hijos sientan culpa, y por ello evitan que sientan esta emoción. Sin embargo, al igual que todas las emociones, la culpa tiene una función importante: permite darnos cuenta que no hemos cumplido con alguna responsabilidad, trasgredido una regla o causado un daño. Ello nos impulsa a subsanar el error. Allí reside su valor positivo: restablecer lazos, solucionar problemas y generar un aprendizaje a partir de experimentar una emoción que no es agradable. Explicándoles a los niños la función que tiene la culpa en nuestras vidas, los ayudamos a vivir sanamente esta emoción y sobre todo, a desarrollar su sentido de responsabilidad y conciencia moral.

No obstante, algunos padres y adultos tienden utilizar la culpa como medio para responsabilizar al niño de sus actos. Allí está el error, no es lo mismo responsabilizar que culpabilizar. Si los padres la usan para regular conductas o como forma disciplinaria, repitiéndoles continuamente a sus hijos frases como: “por tu culpa me siento”, “otra vez fue tu culpa”, “mira lo que has hecho, debería darte vergüenza” o “siéntete culpable para que puedas arreglar lo que has hecho”; hace que crezca en ellos un sentimiento de insatisfacción, tristeza, miedo y, si es vivido con intensidad, lleva a la angustia.

El niño va generando la creencia de: “no debo hacer las cosas mal y si las hago, soy malo”. Por un lado, puede actuar buscando un alto nivel de exigencia consigo mismo (el perfeccionismo), y por otro, a no tolerar el error en sí mismo o atribuírselo a los demás, no asumiendo lo realizado. Consecuencias de ello pueden ser: vivir un malestar interno de forma frecuente cuando se da esa emoción, en algunos casos desarrollar síntomas fisiológicos (sudoración, palpitaciones, dolor abdominal), inseguridad, mentir con frecuencia, auto reproche, una autoestima debilitada, un pobre autoconcepto, dificultad para afrontar problemas, tomar decisiones y establecer relaciones interpersonales adecuadas.

Si bien es cierto que como padres es pertinente enseñarles a sus hijos a asumir las consecuencias de sus actos o hacerles ver cuando comenten un error, merece analizar la situación, hechos, causas, consecuencias y valores personales, confrontando responsabilidad y culpabilidad. Es importante conversar con ellos, sintonizar con sus sentimientos sin juzgarlos, dejarlos sentir esa emoción, darle un nombre (culpa) y explicarle su función. Se le puede pedir que piense en ideas o alternativas para reparar o solucionar lo ocurrido, y ayudarlo a llevarlo a cabo. Los hacemos sentir seguros, otorgándoles confianza. Hay que hacer de esto un proceso reflexivo, admitiendo la culpa como parte del desarrollo y experiencia de aprendizaje.

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