18 de abril de 2019
Redacción Publimetro |

"Temp": Capítulo 12, en exclusiva para Publimetro

Nueva entrega de la novela “Temp”, escrita por el alemán radicado en Canadá Douglas Coupland, en exclusiva para Publimetro.

"Temp": Capítulo 12, en exclusiva para Publimetro (Foto: Shutterstock)

La trabajadora temporal es testigo de la división de clases

Por: Douglas Copeland

Si no hubiera heridas con arma blanca y vómito por todas partes, la fila del hospital podría haber sido divertida. Nuestro sorprendente vecino era Darren, el veterano al que le di veinte dólares después de un almuerzo y quien presionaba una camiseta en su antebrazo para cubrir una herida. “¿Qué pasó?”. “Me peleé con un mapache por la mitad de un balde de KFC que encontré al lado del mercado en el que se cambian los cheques”. “¿Quién ganó?”. “Él”. “Toma esta goma de mascar”. No soy nada si no estoy fresca.
Danimal estaba teniendo una experiencia deprimente. “¿Tan difícil es conseguir unos analgésicos?”. “Dan, hay muchas personas aquí que están peor que tú. Cálmate”.
Darren le aconsejó: “Hombre, si estás buscando unos analgésicos, es mejor que no exageres”. “Pero yo de verdad siento dolor”. “Seguro, seguro. La mitad de quienes están en esta fila buscan algo de Oxy, pero si sobreactúas, te dirán largo de aquí”.
Dan es práctico. “¿Qué debo hacer?”. “Diles que en una escala de uno a diez el dolor es de ocho. Duele, pero te has sentido peor. Y no grites ni te quejes, eso los irrita y se sienten aliviados cuando no tienen que observar a alguien que pretende ganarse un Óscar”. “Bueno saberlo”. “Y ahora, parados, esperaremos”.
Y esperar fue lo que hicimos. A las dos horas Dan preguntó: “Shannon, ¿habías estado aquí antes?”. “No, pero me rompí el brazo patinando hace cuatro años en Boston -¡arriba los Red Sox!-. Me costó 19 mil dólares y estaré endeudada hasta los 40. Por eso es que no puedo hacer lo que verdaderamente deseo en la vida. Pero sí, tengo una tarjeta de lealtad con San Estacio que puedo prestarte si la necesitas”. “¿La sala de emergencias estaba así de poblada hace cuatro años?”. “Estaba peor y aquella noche había luna llena”.
Finalmente, llegó nuestro turno. Una vez que arribamos al frente, Dan caminó y algo dentro de sí le hizo dar un paso al costado. Bramó como un pirata e incluso me asustó. “¡Señor!”, dijo la enfermera en curso. “Esto es un hospital, amablemente le pido que baje su voz”. “Mi estómago, Dios, pareciera como si me estuviera pasando un tractor por encima”. “¿Está padeciendo de mucho dolor, verdad?”. “Sí, un idiota me golpeó en el esternón”. “¿Dónde ocurrió eso?” “En un bar”.
No había que ser un genio para saber que Dan estaba dejando una mala impresión. “¿Cómo describiría su dolor, señor?”. “En una escala de uno a diez, un ocho”.
La enfermera llamó a un guardia de seguridad. “Usted es la décima persona esta noche que describe su dolor de la misma forma. Me temo que no puedo ayudarlo en su búsqueda de pastilla. ¡Siguiente!”.
En la calle Darren se compadeció. “Lo siento, amigo, toma dos de las mías”.
Dan las agarró y las mascó como si fueran Menthos. Luego colapsó.

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