26 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

"Random Charly", por Verónica Klingenberger

“Un grupo de oficiales toca la puerta de su cuarto en un hotel: ‘¡Abran, somos la policía!’. Charly responde: ‘¿Y qué culpa tengo yo si no estudiaron?´”.

"Random Charly", por Verónica Klingenberger Charly García. (AFP)

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Conocí a Charly García alguna tarde de los años ochenta gracias a la radio o a algún casete de Grandes Hits que tenían mis hermanos. Por él supe que a veces te podías morir y despertar dentro de un ataúd (tétrica leyenda urbana producto de una malinterpretación generacional de “Rasguña las piedras”), me pregunté quién podría hacer promesas sobre el bidet, aprendí que podías ser muy rico y estar muy solo (“puedes ver amanecer con caviar desde un hotel y no tienes un poquito de amor para dar”) y asentí emocionada cuando escuché eso de que el más cuerdo es el más delirante.

Charly, además de haber traído a esta parte del mundo el mejor sonido del pop (desde los Beatles hasta Prince), tenía toda esa base de pianista clásico y esa mitología clave para cualquier rockstar: el niño de cinco años que interpretaba a Bach, Mozart y Chopin y odiaba la música popular. El chico más delgado y largo que se bajaba los pantalones frente a una multitud, incorporaba siempre chicas en sus bandas, se tiraba de un noveno piso para declarar luego desde la piscina: “esta es la primera cosa deportiva que realmente estoy disfrutando”, le lanzaba un vaso de whisky a Björk y todo esa historia de drogas, sexo y rocanrol sudamericano que alguien debería llevar al cine.

En los años noventa, gracias a un flaco que parecía el bebé probeta de Charly, Fito y Spinetta, empecé mi curso de especialización en la música de García. Todas sus bandas, todos sus discos, todos sus conciertos en vhs, todas las historias que se escribieron sobre él. Cuando comencé a escribir, y no sabía bien cómo hacerlo, intenté copiarlo. Nunca lo logré. No es fácil ser profundo, tierno y cool a la vez. Él lo era y no solo cuando escribía, también cuando hablaba, siempre listo para regalar un titular. Ejemplos sobran. Uno elegido al azar. Un grupo de oficiales toca la puerta de su cuarto en un hotel: “¡Abran, somos la policía!”. Charly responde: “¿Y qué culpa tengo yo si no estudiaron?” Las letras de sus canciones son también un buen muestrario de esa jerga tanguera, porteña, medio enigmática, medio reveladora. Casi todo está en ellas pero sin palabras rebuscadas, sin solemnidad. Siempre apoyando el pie sobre el banquito del piano.

La discografía de Charly es muy generosa. Solo entre el 82 y el 84 compuso los tres mejores discos del rock en español: Yendo de la cama al living, Clics modernos y Piano Bar. Pero antes y después hubo mucha música también. Su Unplugged fue el mejor de todos y aunque sus últimos discos no llegaron a tocarme tanto, reconozco en ellos algunas canciones que incluiría en la gran antología de su obra.

Volví a conocer a Charly a fines de los noventa. En el 99, llegó al Cusco con un brazalete de Say No More en el brazo y un genio endemoniado. Era su época de mayor adicción y locura y a mis 23 años estaba realmente aterrorizada mientras tocaba la puerta de su habitación. Charly había dejado claro que no quería saber nada de la prensa, había sacado la guitarra del cuarto para que se aclimate y tenía una montaña de cocaína sobre un papel periódico. Hablamos de la película La Mosca, de Menem y Fujimori, de Yoko Ono, de las pirámides. La conversación continuó a los pocos meses en su departamento de Palermo, una noche en la que nos encontramos de pura casualidad, y en la que también hablamos de cine (Mars Attack) y música (The Hollies, la Motown). Recuerdo que robé un casete con grabaciones que encontré tirado en su alfombra y antes de irme lo sorprendí con la mirada más triste mientras apagaba las luces de su casa. Eran casi las 6 a.m.

Luego de siete años de estar con las luces apagadas y justo cuando el mundo parece irse al demonio, Charly lanza un nuevo disco que se llama Random e inventa de nuevo la máquina de ser feliz.

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