18 de noviembre de 2018
Redacción Publimetro |

'Poesía para todos', por Verónica Klingenberger

<< “Yo soy una persona muy pendiente de mis lectores, quizás porque estoy cansado de leer poemas que parecen ignorar al lector” Billy Collins (Nueva York, 1941) >>

'Poesía para todos', por Verónica Klingenberger Billy Collinses fue nombrado poeta laureado de los Estados Unidos de 2001 a 2003 (Foto: Difusión)

Por Verónica Klingenberger
PERIODISTA
@vklingenberger

En tiempos en que el ingenio mide 140 caracteres volver la vista hacia la poesía resulta más radical que una de las Pussy Riot corriendo por un campo de fútbol en las narices de Putin.

No tenemos paciencia para las metáforas ni respeto por la alegoría. Leer poesía hoy podría ser el equivalente a reparar en un hermoso bosque a lo lejos mientras una turba parlanchina te arrastra de regreso a uno de los 50 grupos de whatsapp que has aprendido a manejar como un virtuoso director de orquesta.

Felizmente un neoyorquino de 77 años, de poco pelo y sonrisa fácil, ha venido a rescatarnos de tanto ruido estéril. Se llama Billy Collins y además de poder convertir el ladrido de un perro en un poema, es perfectamente capaz de vender un poemario a un buen precio. Collins demuestra que la poesía puede vender tanto como la mejor narrativa, y aunque no lo creas, ser más divertida que el mejor de los hashtags.

Collins es un fenómeno americano. Ningún otro poeta estadounidense desde Robert Frost ha logrado concertar como él el gusto popular y la crítica más exigente. Su fórmula es simple y efectiva: enfocarse en los detalles cotidianos. La imagen de un patito de hule flotando en una piscina en Florida encarna la misma soledad y abandono que el más llorón de los boleros pero siempre con una sonrisa asomando detrás de las lágrimas.

La “deflación irónica”, como él la llama, significa rebelarse ante la tradición literaria más grandilocuente armado solo de detalles sencillos y palpables. “O sea, Milton ya se murió, pero el perro sigue respirando a mi lado”, dice el poeta.

Como en el haiku, en la poesía de Collins el presente es lo único que existe aunque se haya escrito hace millones de años o mañana por la tarde. Lo que nos rodea es el diminuto reflejo de algo inmenso. El pato, la piscina, el cuchillo, las cerezas, el espejo, la luna, parecen importar más cuando solo nosotros reparamos en ellos.

En sus mejores poemas uno intuye haber estado ahí así sea uno de los primeros recuerdos de la humanidad. Así, un domingo cualquiera es posible alejarse del tedio y los stories de Instagram y ponernos a pensar en el desconcierto del primer hombre que tuvo un sueño. Entonces imaginamos a ese cavernícola revestido en pieles de animales salvajes, mientras camina extrañado, taciturno, y se aleja de todos para sentarse en una roca y evaluar exactamente qué diablos es lo que le acaba de pasar.

Collins te invita a leer boca abajo y a manchar el libro sin borrar la magia. “Yo soy una persona muy pendiente de mis lectores, quizás porque estoy cansado de leer poemas que parecen ignorar al lector” dice.

A fin de cuentas, un buen poema, como esas canciones que se cantarán siempre, debería tener el poder de encandilarnos alrededor de cualquier fogata mental: crear imágenes con palabras que nos hagan viajar en el tiempo y el espacio, convertir las historias en recuerdos compartidos.

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