14 de noviembre de 2018
Redacción Publimetro |

'Pesadilla.corp', por Verónica Klingenberger

“‘Días laborables’ podría resumirse como las aventuras de un chico sin nombre que es capaz de todo con tal de no trabajar.

'Pesadilla.corp', por Verónica Klingenberger 'Días laborables' de Diego Otero (Foto: Me gusta leer Perú)

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
PERIODISTA
@vklingenberger

Alerta de spoiler: Al final, una misteriosa imagen deja claro el mensaje: la maquinaria del mal es imparable. El sistema siempre será más fuerte y los malos siempre tendrán más plata. Pero lo importante, en esta historia, es que el protagonista se salva. Y para un escritor como Diego Otero (1), ese optimismo es digno de celebración.

“Días laborables” podría resumirse como las aventuras de un chico sin nombre que es capaz de todo con tal de no trabajar. Pero es más que eso: un hombre de unos treintaitantos años es el “subgerente” de Recursos Humanos en la Compañía de Productos de Belleza. La ironía no solo está en cómo se refiere el narrador a la empresa en la que trabaja, sino también en el cargo que ostenta cuando su equipo solo está conformado por una practicante. En medio del tedio, surge el elemento desestabilizador encarnado en dos asesores brasileños que viajan por la región vendiendo estrategias contra la “depresión corporativa”. La confusión involucra monos amaestrados y una amenaza de muerte que es suficiente para que el narrador decida enfrentar el mal con la ayuda de gángsters y malhechores. Todo vale cuando la vida está en juego.

Aunque la singularidad de la trama sea refrescante en un medio literario todavía conservador, la primera novela de Diego se apoya, sobre todo, en el tono de su narrador y en sus personajes y espacios. El protagonista, un tipo ahogado en el tedio, pero que, por lo mismo, tiene una imaginación y una curiosidad enormes. La practicante, una chica valiente, inquieta y muy ágil mentalmente. Ella es la Watson, la Sancho y la Robin de esta historia. Los brasileños; un vecino con túnica que tiene un componente misterioso y harrypottesco; un jardinero artista y unos delincuentes que parecen sacados de una película de unos hermanos Coen del Tercer Mundo.

Los espacios, por su parte, parecen haberse creado en una especie de inconsciente colectivo, si es que algo de eso existe. El lector llega a sentir que conoce esos lugares, como si los hubiera soñado, o visitado, y que luego de la lectura, se quedan dentro de uno. Y detrás de todo, ese gran espacio clave: la ciudad sin nombre que se describe como una mezcla entre Kabul y Las Vegas pero que no puede ser otra que Lima.

El primer relato que leí de Diego fue el guion de un cortometraje que hicimos en la universidad. Era la historia de un mago que se estaba muriendo. En esa agonía, alucinaba un escape. No recuerdo de qué se corría, pero todo resultaba profundamente angustiante. De pronto, detenido frente a una luz intimidante improvisaba un truco: sumergía una de sus manos en su sombrero de copa, pero en vez de pescar un conejo, arrancaba un ramo de pescuezos de pollos desplumados. Después de la horripilante pesadilla, el pobre mago moría.

“Días laborables” me hizo pensar en él. No porque la historia tenga algo que ver, sino más bien porque me impresionó que la mirada de Diego siga siendo tan original y expresiva: neurótica y paranoica pero siempre curiosa y divertida, como si secretamente se estuviera riendo de sus propias fobias y a la vez encontrase placentero contagiarnos un poco de ellas. Es como el papá que le da de probar con el dedo un poco de limón a su pequeño hijo solo para reírse de las caras que pone. Esa mirada está, de alguna manera, en todo lo que ha escrito, incluidos sus tres poemarios.

David Foster Wallace se refirió alguna vez a la dificultad que tienen los estudiantes de Literatura para percibir el humor en los libros de Kafka. “No es que los estudiantes no capten su humor”, decía, “sino que les hemos enseñado a ver el humor como algo que se debe pillar, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar”.

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(1) Disclaimer: Diego y yo somos amigos desde hace más de 20 años y en la actualidad compartimos la dirección del estudio Tres Mitades.

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