22 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

(Opinión) Rosas rudas

Los Stone Roses eran ridículamente arrogantes y eso estaba bien. Lo heredaron de bandas como Happy Mondays y lo cedieron a grupos como Oasis. Es esa la idiosincrasia mancuniana: pavonearse como estrella de rock aun cuando solo seas un mocoso desentonado.

(Opinión) Rosas rudas (Foto: Difusión)

Por: Verónica Klingenberger

Cuando John Leckie, el respetado productor que también trabajó en el Meddle de Pink Floyd, le dijo a Ian Brown que su primer disco sonaría durante mucho tiempo, él se encogió de hombros y le contestó que ya lo sabía. No podía ser de otra forma. El álbum se lanzó en mayo de 1989 a través de Silverstone Records y fue un clásico instantáneo. Con 25 años encima no ha envejecido ni un poquito.

El romance entre Ian Brown y John Squire –la dupla creativa de los Stone Roses– fue intenso desde el comienzo. Ambos vivían en la misma calle y eso hizo que el primero reconozca al segundo en una bronca colegial en la que Squire estuvo a punto de ser machacado por otro niño. Brown lo sacó de ahí y le pidió al resto que lo dejara en paz. Acompañándolo de regreso a su casa se enteró de su afición por los Beach Boys. “Le compré unos singles de Sex Pistols y el primer LP de Clash, y lo metí en la música desde el comienzo”, le contó Brown al periodista Simon Hattestone en una entrevista concedida a The Guardian.

En ese entonces, Ian Brown era un muchacho pálido y hermoso, con mejillas hundidas y labios como rosas a lo Jagger. Era el típico chico al que todos miran sin que tenga que pararse sobre un escenario. En una fiesta en la que alguien cumplía años, el chico al que Liam Gallagher le robó el bamboleo de goleador de pichanga hacía lo suyo. Bailaba, cantaba, coleccionaba miradas. Entonces una leyenda del R&B lo señaló y le dijo que debía empezar a cantar en ese mismo instante. La leyenda era Geno Washington. Brown no sabía quién era (debo confesar que yo tampoco) y como buen idiota de barrio creía que ser cantante era cosa de afeminados. Pero algo terminó por convencerlo y al día siguiente llamó a Squire –quien insistía incansablemente en crear una banda– y le dijo que por fin estaba listo.

El sonido de The Stone Roses no es el de la movida Madchester. Aunque somnolientos e intoxicados, los Roses sonaban más universales y atemporales de lo que creían. Quizás por la guitarra de Squire que a veces experimentaba a lo Hendrix, pero sobre todo porque adoraba el trip del rock psicodélico. Quizás por sus melodías magníficas y demasiado prolongadas como para que alguien pronosticara que pondrían a bailar a tantos durante todos estos años. El disco comienza con los primeros acordes de I Wanna Be Adored que anticipan el bajo antes de que el set de guitarra de Squire lo erice todo. La letra es escueta pero quema como el diablo. Y Brown hablaba en serio: “Quiero ser adorado”.

Los Roses no imaginaron tan brutal florecimiento. Tampoco sospecharon que se marchitarían tan pronto, a pesar de la sonada reunión que tuvieron hace un par de años. Pero siempre tuvieron claro lo que querían y es probable que esa sea la mejor manera de hacer las cosas. Quisieron crear la mejor banda del mundo y por momentos uno siente que lo lograron. “Si nos volvemos grandes vamos a jodernos o vamos a morir. Eso es lo que le pasa a todo el mundo”, pronosticó un joven Brown. Bastó un solo disco para probar que lo suyo no era el arte de la premonición.

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