21 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

Libros y libros (OPINIÓN)

Tras el anuncio de que Amazon abrirá su primera librería física, nuestra columnista Verónica Klingenberger analiza la evolución de la lectura

Libros y libros (OPINIÓN) (Shutterstock)

VERÓNICA KLINGENBERGER

Amazon abrió su primera librería física. La noticia, que parece salida de un semanario humorístico, debe haber sorprendido a muchos apocalípticos del “libro-libro”. El retailer online ofrece 6.000 títulos a precio web en su primer local en Seattle y con ello revive el debate de hace algunos años sobre la frágil rentabilidad del negocio editorial a largo plazo. ¿Era razonable tanto miedo?

Hace algunos años, las principales editoriales del mundo coincidían en que el responsable de las bajas ventas de sus libros era precisamente Amazon y su precio tope de 9,99 dólares por libro electrónico. Para algunos de sus máximos detractores lo que Amazon buscaba era tener la mayor cantidad de títulos del mercado para luego deshacerse de las editoriales (algo que casi ya ha conseguido con la fusión de Penguin/Random House, que compró Alfaguara), fortalecer el vínculo lector-autor, y convertirse en el dueño del negocio. Los más pesimistas llegaban a comparar el futuro de las librerías con el de las tiendas de video (tipo Blockbuster).

“¿Ustedes creen que un libro como el Ulises, de Joyce, se podría escribir para el ordenador?”. La pregunta la hizo Mario Vargas Llosa hace algunos años. El escritor estaba seriamente preocupado por la banalización de la literatura, pero lo curioso era que su crítica se centraba en el formato y evitaba el contenido. Personalmente creo que Ulises se escribió para que su lectura fuera abandonada en cualquier tipo de formato, pero el Nobel tenía una teoría en mente relacionada a la inmediatez: “Cuando se escribe para una pantalla buscas la actualidad y tratar de llegar a un gran pú- blico, y eso, en el campo de la literatura y el arte, irremediablemente te lleva a una simplificación, a una banalización y a conseguir productos de escasa permanencia”.

El lector de hoy puede leer cualquier obra, maestra o no, en la edición impresa de bolsillo, la de lujo, la fotocopia o la pantalla, según sus gustos y, sobre todo, su presupuesto. No olvidemos que el precio de los libros en el Perú se ha incrementado hasta el 33% desde el mes pasado y que el Congreso y el MEF aún no extienden la vigencia de varios artículos de la Ley del Libro. En un mercado tan difícil como el nuestro, el libro digital permite acceder a un universo inimaginable de publicaciones y muchas obras de la literatura local podrían ser rescatadas del olvido (por obvias razones, en el Perú se reedita muy poco). Piensa en toda la música que pudiste escuchar aun cuando nunca se haya comercializado de manera legal en nuestro país. Algo así pasa con los libros. Además, los ebooks tienen otras ventajas: puedes graduar el tamaño de las letras, llevar una nutrida biblioteca en un solo dispositivo, leer en absoluta oscuridad.

Algunas editoriales están desarrollando aplicaciones como un video del autor discutiendo su propia obra, aunque el peligro con eso es que tanto fuego artificial termine por distraernos de la lectura. Apple ha sido más amable con sus aliados editoriales y ha aceptado compartir información relevante con ellos sobre las ventas y preferencias del público. También negocia el precio de sus libros con las editoriales y es consciente de que las más grandes de Estados Unidos no tendrían reparo en retirar todos sus títulos de Amazon con tal de subsistir. La fórmula de la manzana es “yo gano, tú ganas”. Pero es ahí cuando entra Google y dice “yo gano y tú ganas más”, digitaliza 12 millones de libros (incluyendo ediciones que no han vuelto a imprimirse) y las hace compatibles con cualquier dispositivo y accesibles incluso en librerías reales.

No sé qué vaya a pasar, pero no es algo que me quite el sueño. Creo que como siempre, habrá libros buenos y malos. Seguro habrá más libros que nunca. La nueva tienda de Amazon quizás nos dé una lección: el lector promedio se mueve entre el mundo real y el digital con total naturalidad, sin el prejuicio que tienen (o tuvieron) algunos escritores, editores y periodistas. Para ese lector no importa dónde se lea, sino lo que se lea.

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