21 de octubre de 2018
Redacción Publimetro |

'Un hermoso pacto con el diablo', por Verónica Klingenberger

“La literatura, cuando se domina al nivel de ‘El Maestro y Margarita’, es la forma artística más perfecta jamás inventada”.

'Un hermoso pacto con el diablo', por Verónica Klingenberger ‘El Maestro y Margarita’ del ruso Mijaíl Bulgákov.

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Hay libros que lo contienen todo. Y a los mejores no se les nota el esfuerzo ni las costuras. Tampoco asoma siquiera un atisbo de solemnidad en ellos. Parecen haber sido escritos sin esfuerzo, como en un rapto de iluminación, con solo una carcajada demoniaca de fondo. El clásico El Maestro y Margarita, del ruso Mijaíl Bulgákov, es uno de ellos.

La literatura, cuando se domina a este nivel, es la forma artística más perfecta jamás inventada. Solo valiéndose de palabras e imaginación, Bulgákov hace que el diablo y su estrafalaria comparsa lleguen al Moscú comunista y ateo para animar el ambiente con las fechorías más terribles y, por lo mismo, divertidas.

El diablo, Voland, en alusión a uno de los demonios del Fausto de Goethe (el libro empieza también con una cita del mismo), es descrito por testigos como un personaje que nunca es igual. Primero es enano, tiene dientes de oro y cojea del pie derecho. Al rato es muy alto y cojea del otro pie.

Siempre anda como desaliñado y tiene el agotamiento de los millones de años que carga encima, además de una prodigiosa memoria. Su séquito no es menos atractivo: un asistente, un sicario, una bruja y un perverso gato parlanchín y enorme, que a veces es más bien un humano gordinflón con cara de gato. Así, Bulgákov lleva la magia (negra) al primer escenario de su fantasía: la Moscú estalinista y atea.

El Maestro y Margarita empezó a escribirse en 1928 y dos años más tarde terminó ardiendo en un horno. Dicen que el mismo Bulgákov escribió una carta al gobierno de Mijaíl Kalinin, cuya economía estaba en manos de lósif Stalin, en la que comunicaba lo siguiente: “He echado al hornillo con mis propias manos el manuscrito de la novela sobre el diablo”. Al parecer estaba molesto porque otra de sus obras había sido proscrita. Dos años más tarde empezó el segundo borrador que recién terminó en el 36. Luego el tercero y así hasta que murió, en el 40.

Su esposa (su propia Margarita) fue la responsable de la versión final, entre el 40 y el 41. Decíamos que Satán y sus colegas ponen de cabeza a todo el círculo intelectual y artístico ruso, a partir de una sádica muerte, premonitoria y violenta. Dicen que el mismo Stalin aturdía personalmente a Bulgákov (era fan de sus obras de teatro) y lo torturaba por teléfono hasta que el propio escritor llegó a escribir en una carta: “Si Stalin aparece como un símbolo positivo en la realidad soviética, si Stalin es Dios, yo prefiero seguir al Diablo”.

Un segundo escenario es la Jerusalén de Poncio Pilatos, no tan alejada de la Moscú que se nos pinta, mismos arreglos y traiciones. Ahí, entre la aridez y el calor del desierto, el hombre que condenó al hijo de Dios (¿qué otro malo puede tener la historia además del mismo Satanás?) lidia con la culpa y la redención. También con la inconsolable desazón de estar vivo y no tener mayor compañía que un perro que le teme a la lluvia tanto como él a la luna.

El tono, a diferencia del infierno urbano, festivo y caótico (donde todo se rompe y arde), es más bien seco, parco; aunque sigue siendo cercano. Esta es la historia que escribe el Maestro, y como en la real, también decide echar al fuego para castigarse y enloquecer.

Al final está siempre la salvación. Y el amor termina por conmover incluso al mismísimo diablo. ¿Quién no le vendería su alma por vivir para siempre junto a quien se ama con devoción?

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