16 de noviembre de 2018
Redacción Publimetro |

"La belleza del abismo", por Verónica Klingenberger

“El clásico de Thomas Mann fue la base sobre la que Luchino Visconti construyó en 1971 un monumento cinematográfico homónimo”.

"La belleza del abismo", por Verónica Klingenberger La película Muerte en Venecia se estrenó en 1971.

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Luego de la muerte de Gustav von Aschenbach, una conclusión parece inscribirse sobre la contaminada arena de la playa del Lido, mientras Tadzio, caminando de espaldas hacia el mar, señala el horizonte e ignora que la belleza y la juventud son tan pasajeras como la última ola que agoniza en la orilla: el cuerpo es, ante todo, deseo y muerte.

El clásico de Thomas Mann, Muerte en Venecia, fue la base sobre la que Luchino Visconti construyó en 1971 un monumento cinematográfico homónimo. El protagonista Gustav von Aschenbach, un exitoso pero debatido compositor alemán que acaba de tener un enorme fracaso con su última obra, visita Venecia en el fatídico verano de 1911.

Al llegar al hotel Lido, Visconti recrea sus propios recuerdos de infancia, sus estadías en los palacios de Venecia y París, en los grandes hoteles de principio de siglo. El lirismo del Lido se convierte en extensión de los cuerpos que lo habitan: aristocracia, belleza, bulla y estupidez. Aschenbach, músico y alemán, no puede disimular su pavor. Todo el entorno que Visconti construye pretende demostrar hasta qué punto ese paraíso burgués es endeble. Los alojados ignoran la paulatina podredumbre de la ciudad que los acoge, una ciudad en la que decadencia y elegancia se acarician el meñique con el Adagietto de la 5ta. Sinfonía de Mahler como música de fondo.

La escena en la que Aschenbach descubre a Tadzio transmite la inevitable soledad del protagonista. Aún rodeado de bulliciosas familias sobreexcitadas con el dolce far niente vacacional, Aschenbach se siente terriblemente solo. Es una soledad espiritual, un cuerpo que no reconoce ni un ápice de sí mismo. Hasta que descubre a Tadzio.

Lo que sigue es un baile entre vida y muerte. Visconti sugiere mucho más que el platónico enamoramiento entre el músico que se incendia de deseo por el bello efebo. Ocurre algo más profundo: su visión de la vida y del hombre cambia; cultura y arte se reescriben: las ideas pasan a un segundo plano, desplazadas por estremecimientos.

La verdad se enfatiza por oposición. Al ser testigo de la belleza de Tadzio, Aschenbach es consciente de su declive físico (¿y moral?): la peste ha invadido la ciudad y ahora su propio cuerpo. En una de las escenas más notables, Visconti nos lleva de la mano a la transformación física del músico, quien accede a teñirse el pelo y maquillarse el rostro. Así, la grotesca imagen de un payaso resulta más repulsiva que el natural naufragio que experimentaba su cuerpo. El artificio no lo esconde, por el contrario, su rostro es el espejo de una Venecia pútrida en la que él, cual Narciso, se refleja a su vez en el agua contaminada de sus canales.

El brillante compositor que anhelaba la belleza más que nadie termina riéndose a carcajadas junto a un pozo, rendido en el suelo, consciente de la locura que lo arrastra. Aschenbach se ha convertido, sin quererlo, en el repelente músico popular que le canta obscenamente La Risata en el Lido, a manera de cruel premonición.

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