18 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

La pasión de Alemania por su selección nació tras el trauma de la derrota nazi

Como ilustra la multitud que vibra por la ‘Nationalmannschaft’ ante las pantallas gigantes en Berlín desde el principio del Mundial, Alemania tiene una pasión única por el fútbol… Un frenesí que nació tras el trauma del nazismo.

La pasión de Alemania por su selección nació tras el trauma de la derrota nazi (Foto: AFP)

AFP. A escasas horas de la octava final mundialista para Alemania, las banderas con los colores negro, rojo y oro proliferan en las calles de Berlín. En el techo y en los retrovisores de los automóviles, en las ventanas e incluso en la ropa, los germanos exhiben con orgullo sus colores.

Al igual que en todas las Copas del Mundo desde 2006, cuando la primera potencia europea organizó el Mundial, desde el principio del torneo se habilitó una zona reservada a los seguidores con capacidad para 100.000 personas —que se duplicó a 200.000 para la semifinal y la final— frente a la Puerta de Brandenburgo, en pleno corazón de la capital. La gente acude en familia y cada victoria se celebra con alegría hasta bien entrada la madrugada.

Audiencia extraordinaria

En la pequeña pantalla, la audiencia es extraordinaria: 32,57 millones de telespectadores fueron testigos de la goleada (7-1) ante Brasil en semifinales, que estableció un nuevo récord de audiencia en la historia de la televisión alemana.

“La selección alemana actual es la imagen más hermosa que los alemanes pueden tener de sí mismos. Encantadora, combativa, ambiciosa, coronada de éxito, pero también sensible, modesta y tranquila”, escribió esta semana el diario Die Welt.

Una bella imagen de Alemania que permite a sus ciudadanos tener un sentimiento de orgullo y de pertenencia nacional. Es lo que el deporte y en particular el fútbol aportaron a la República Federal tras el trauma de la derrota militar del régimen nazi.

“Volvemos a ser alguien”, se exclamó el seleccionador alemán Sepp Herberger, tras la inesperada victoria el 4 de julio de 1954 del equipo de Alemania en la final de Berna (Suiza) ante una Hungría reputada invencible (3-2).

La frase quedó grabada en todas las memorias. Nueve años después del fin del Holocausto, los alemanes, apenas salidos de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y deseosos de reintegrarse en la comunidad internacional, levantaban cabeza.

“El milagro de Berna”, inmortalizado en la película del cineasta alemán Sönke Wortmann estrenada en 2003, marcó a generaciones enteras de alemanes. El excanciller Gerhard Schröder dijo haberse “sentido alemán” por primera vez después de ver este partido en un bar, con 10 años de edad.

Expresión de identidad

“Para los alemanes, fue como una liberación de lo que les pesaba en la conciencia después de la guerra”, dijo el historiador Joachim Fest.

“En Alemania Occidental, después de 1954 el fútbol obtuvo un estatuto simbólico y se convirtió en una expresión privilegiada de la identidad colectiva del joven Estado germano-federal y de sus habitantes”, opinó por su parte el historiador Wolfram Pyta, profesor en la Universidad de Stuttgart. Un lugar que este deporte no había tenido nunca antes de la Segunda Guerra Mundial.

La fidelidad del público a la ‘Nationalmannschaft’ federal fue recompensada por uno de los mejores palmarés del fútbol mundial, con tres finales ganadas (1954, 1974, 1990) y una presencia casi constante en semifinales.

Paralelamente, el equipo de la República Democrática, la hermana comunista menos brillante, ganó el oro olímpico en 1976. Pero en ese país, los deportes más importantes eran la natación y el atletismo.

“En contra de los intereses de los dirigentes comunistas, el público de la RDA vibraba en realidad por el equipo de Alemania Occidental”, señala Gunter Gebauer, profesor en la Universidad Libre de Berlín.

En 1990, justo después de la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y antes de la reunificación el 3 de octubre siguiente, Alemania ganó su tercera Copa Mundial. “Fue una euforia nacional, liderada por el equipo alemán”, recuerda Gebauer.

El fervor futbolístico conoció un nuevo punto álgido en 2006, cuando Alemania organizó el Mundial. Aunque ‘solo’ pudo terminar tercero, el país fue elogiado por la calidez con la que recibió a los turistas.

“Fue una gran alegría, la imagen de Alemania en el extranjero había cambiado, no estábamos tan inhibidos como se creía, sabíamos divertirnos”, relató Gebauer.

Nunca desde el final del régimen nazi los alemanes se habían atrevido a manifestar su identidad nacional como lo hicieron en aquella ocasión, entonando sin complejos el himno nacional en los estadios.

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