(Opinión) El legado de Keith

Redacción Publimetro |

“Hay una anécdota que narra cómo los Stones organizaban las entrevistas con los principales medios del mundo. Básicamente los periodistas debían hacer dos filas. A los de la derecha les tocaba Jagger, a los de la izquierda, Richards. Mientras los primeros salían nerviosos, acomodando sus notas y apurando el paso, los de la segunda salían tambaleándose y con una sonrisa imborrable en el rostro. Estaban bajo su influencia. También un poco borrachos. En vez de agua o café, él les ofrecía Jack Daniels.”

(Foto: AFP)

VERÓNICA KLINGENBERGER

A sus 71 años, Keith Richards tiene más vida que la mayoría de nosotros. El viernes pasado lanzó Crosseyed Heart, su nuevo álbum como solista después de 23 años, 15 canciones de blues, rock and roll, country y reggae –los géneros musicales que ha venerado toda su vida– en las que recuerda romances, traiciones y amores perdidos. Crosseyed Heart lo muestra a gusto con su edad, un hombre que hace lo que más le gusta y toca nueve instrumentos con la misma facilidad con la que otros solo podemos cepillarnos los dientes. Su adorable reputación de chico malo debería llevar siempre un post it encima que nos recuerde que también, y sobre todo, ha sido un músico aplicado, que prefiere las salas de ensayo y los conciertos por sobre todo lo demás.

53 años de carrera y ni un ápice de cansancio en su mirada. Al menos no frente a las cámaras. “Under the Influence”, un documental sobre su vida y carrera, donde pueden verse parte de las grabaciones de su último disco, acaba de lanzarse en Netflix y vale la pena echarle un vistazo. Richards es el tipo de entrevistado que cualquier periodista sueña con tener al frente al menos una vez en su vida. Nada que ver con esos músicos modernos que soban disforzados sus skinny jeans y dicen pura bobada. A Richards le sobra el humor de un chico rebelde y la sabiduría de un abuelo querendón y provoca apuntar cada frase que lanza aunque siempre las selle con una risotada precisa que borra cualquier indicio de solemnidad. Hay una anécdota que narra cómo los Stones organizaban las entrevistas con los principales medios del mundo. Básicamente los periodistas debían hacer dos filas. A los de la derecha les tocaba Jagger, a los de la izquierda, Richards. Mientras los primeros salían nerviosos, acomodando sus notas y apurando el paso, los de la segunda salían tambaleándose y con una sonrisa imborrable en el rostro. Estaban bajo su influencia. También un poco borrachos. En vez de agua o café, él les ofrecía Jack Daniels.

La influencia a la que se refiere el título del documental (que tienes que ver antes de morir) llega por partida doble. Primero hacemos un repaso por sus grandes maestros musicales y las personas que lo formaron como músico. Doris Richards, su madre, se impone como la principal responsable de su exquisito gusto musical. “La maga del dial”, como la llama, sintonizaba a grandes del jazz como Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Louis Armstrong y Sarah Vaughn, y aderezaba sus playlists con un poco de Country y otra pizca de Mozart. Luego llegaron Muddy Waters y Chuck Berry y ese encuentro en el tren con Mick Jagger en el que descubre que no es el único enamorado del Mississipi en el sureste de Inglaterra. También su abuelo y esa guitarra que lo seducía desde una pared y a la que solo podría tocar cuando tuviera la altura necesaria para descolgarla. Luego, claro, está él y la influencia que tuvo en los músicos que le siguieron y en todos nosotros.

“Amo lo que hago, soy un suertudo hijo de puta”, le dijo a Michael Bonner en la última edición de la revista Uncut, publicada hace solo unos días. El documental lo testifica. Richards parece más vivo que en sus 20 y su lucidez y vitalidad contagian, mientras el blues lo protege del lado más mezquino del rock and roll, ese que solo admite jóvenes en sus 20. “Under the Influence empieza con una cámara que sigue a Richards por un bosque con La Flauta Mágica de Mozart como fondo musical. El músico no pierde el tiempo y va al grano: “La vida es una cosa curiosa. Pero siempre pensaba que al cumplir los 30 se terminaba todo. Después de eso, estar vivo sería una cosa horrible. Hasta que cumplí 31. Luego pensé: “bueno, no está tan mal” …Me quedaré por un rato”. Cuando pasa el tiempo te das cuenta que todo este concepto de crecer y madurar es… Uno nunca crece hasta el día que lo entierran. Nunca eres adulto”.

La cercanía a la muerte, en muchos casos, hace que las personas se concentren en lo esencial. En la última canción del disco, Lover´s Plea”, Keith canta: “Sopla un viento amargo, y el invierno se está acercando”. Él lo sabe. No quedan más que un puñado de años y aún así, en los últimos minutos del documental, sonríe como un niño, entretenido y avergonzado, y sentencia: “no estoy envejeciendo, estoy evolucionando”.

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