(Opinión) El culto a la mediocridad

Redacción Publimetro |

“La perfecta democracia de la Web 2.0 sería más bien una utopía que esconde un nuevo tipo de comunismo que, como el antiguo, tiene como única norma la medriocridad”.

(Foto: Shutterstock/Referencial)

VERÓNICA KLINGENBERGER

Andrew Keen, autor del controvertido libro The Cult of the Amateur, se describe con humor como el Anticristo de Silicon Valley en su cuenta de Twitter. Keen me cae bien porque detesta a todos esos empresarios disfrazados de nerds que, de un tiempo a esta arte, se llevan toda la plata mientras nos hacen creer, por ejemplo, que existe tal cosa como el periodismo ciudadano. ¿Qué es eso? Es una web donde un montón de gente siempre escribe pero nunca cobra. Los únicos que cobran son los dueños de esa web.

Para Keen, uno de esos bichos raros que critica y adora la tecnología a la vez, ese es uno de los ingredientes más repugnantes de esta nueva religión. El otro es el peligroso dogma donde se reemplaza la opinión experta por la “sabiduría de las masas”. ¿Hasta que punto es peligroso el culto hacia lo amateur?

Keen tiene una respuesta pesimista: “Si caemos en el infantil relativismo donde todos somos igual de increíbles y relevantes, y listos y virtuosos, entonces estamos perdidos como especie humana”. La perfecta democracia de la Web 2.0 –ahí donde todos creemos ser explosivas estrellas de rock, espléndidos escritores y sesudos pensadores, pero donde casi nadie tiene el tiempo ni los medios económicos para hacerlo con el rigor que se requiere– sería más bien una utopía que esconde un nuevo tipo de omunismo que, como el antiguo, tiene como única norma la mediocridad.

Para él, esta nueva revolución ha reemplazado análisis detallados y reflexivos con observaciones superficiales y estridentes. Al aplastar los medios de comunicación masiva y los derechos intelectuales nos estaríamos exponiendo a la canibalización de nuestra cultura. En el caso del Perú, el panorama es aún más triste: los medios tradicionales están copiando los contenidos generados en la Web 2.0 –excepto cuando tratan temas políticos o económicos, por supuesto–, y el lector online se topa cada día con información cada vez menos relevante o carente de ideas. Lo peor es que lo que creíamos gratis podría costarnos una fortuna.

Pero los pesimistas nunca han tenido grandes audiencias. Es más fácil dejarnos convencer por los gurús digitales. Por ejemplo, cuando Jimmy Wales, el creador de Wikipedia, dijo que confiaba igual en un profesor de Harvard que en un chico de 15 años, fueron más los halagados que los ofendidos. Las razones del entusiasmo colectivo son obvias, y los motivos pueden ser nobles o ingenuos. Lo mismo pasa con los millones de usuarios de Facebook, por ejemplo, que hará todo lo posible por retenernos y motivarnos a compartirlo todo, menos sus ganancias.

El cascarrabias Keen me resulta más sensato, y sin duda menos fanático y gregario que esos que ven en cualquier crítica una ofensa o amenaza. De todas formas, no todo son malas noticias. La buena noticia es que todavía hay un método infalible para encontrar tesoros en ese turbio estanque que es la web de hoy: tener criterio para realizar la búsqueda. Solo recuerda que ese criterio se elabora consumiendo contenidos generados por verdaderos especialistas, en su gran mayoría ajenos a esta cacareada revolución online.

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