18 de septiembre de 2018
Darío Dávila |

La vida en territorio zeta

Los Zetas, organización criminal mexicana cuya base es el narcotráfico, han encontrado un espacio para incorporar jóvenes a sus filas

La vida en territorio zeta Simón Chamboy (Foto: Darío Dávila)

(Publimetro México). Simón Chamboy prefiere ser llamado Andrés Pérez Pérez. A Simón lo encuentro pegadito a una pared en el barrio Alma Obrera, en Zacatecas. “Me gusta tomar cosas fuertes”, dice Simón. Y sorbe de una botella de plástico algo que huele a gasolina con gaseosa. “Es whisky”, bromea. “Soy mariguano (drogadicto) desde los ocho años”, agrega.

Chamboy pasa el tiempo en esta esquina junto a sus hermanos de barrio. En la pared hay escritos apodos como Guichos, Chino, Tadeo, Bambi, Chango, sus alias.

“Yo me drogo porque me abandonaron”, dice y presume el ‘menú’ de lo que consume: thinner, píldoras, marihuana . “Tengo unas hermanas que no me quieren. Mis tíos me demandaron porque les robé una radio”, cuenta.

En el cuello trae un escapulario. Está seguro de que lo protege cada vez que se sube a un tren de carga con el que va a la ciudad de León, Guanajuato , para ver a sus hijos.

Por momentos su voz es un acertijo. La saliva se le enreda entre los dientes y no completa las palabras. “Yo quiero que me traten bien. Me han golpeado ¿No cree? Me golpean bien duro”, denuncia.

Luego se levanta el pantalón hasta la mitad de la rodilla y me muestra los moretones. “Los que traigo en la espalda son tubazos. Los Zetas dicen que si los demandamos nos matan”. Y estira la mano para simular el disparo de una pistola.

En la misma cuadra de Chamboy vive un chico de 19 años que aceptó conversar de manera anónima.

He visto su expediente antes de conversar con él. Tiene 19 años y ayer un juzgado especializado en materia de Justicia para Adolescentes en Zacatecas, le notificó que el pendiente que tenía con la ley por robarse un automóvil de la Secretaría de Finanzas hace un par de años, concluyó.

En la frente tiene una cicatriz que le recuerda la paliza que hace casi un año le dieron en esa ‘colonia’ unos vándalos enemigos. Antes, tuvo que pasar unos meses encerrado en un reformatorio para menores. “Fue por una chica”, recuerda. La golpiza le fracturó el pie y lo mantuvo un mes en el hospital.

El muchacho habla mientras su abuela en la cocina escucha la charla. Recoge los platos sucios del almuerzo y se une a la conversación de a pocos.

“El corazón de una duele”, dice la abuela. “Le digo que debe pensar mejor las cosas. Mire, somos pobres pero se hace lo que se puede. Gracias a Dios nuestros hijos son buenos muchachos”, remarca.

“Quítate la mochila, hijo”, le pide la abuela al Chamboy que se ha sumado a la mesa con su botella de plástico.

En el comedor, la abuela ensaya una teoría más simple de por qué Chamboy se droga: “No le dan calor en casa”, sentencia.

Chamboy la mira y se pierde en un silencio. El nieto de la señora retoma la charla y dice que quiere ser alguien en la vida. Pero no ha terminado la secundaria. “La terminaré por las noches”, dice el anónimo joven, que tuvo que cumplir con las disposiciones que un juez le impuso tras el robo del auto. Le exigieron que trabajara en algo, que terminara su secundaria y que fuera a terapia con un psicólogo.

En este proceso no estuvo solo. La psicóloga Rita del Carmen fue una de las encargadas de seguirle los pasos. Su trabajo es tratar de evitar que jóvenes como Chamboy caigan en la red de Los Zetas, aprovechándose de su pobreza y falta de oportunidades.

Muchos suelen ser asesinados cuando se niegan a trabajar para el cartel. “Muchos jóvenes menores de 18 años se arriesgan. Se sienten invulnerables y cometen crímenes que muchos adultos ni harían”, dice Rita.

Además, Rita advierte que grupos como Los Zetas ocupan el vacío que dejan las familias. “El adolescente busca grupos donde identificarse, busca la pertenencia”, afirma. “Por eso, estos jóvenes buscan a los grupos de la delincuencia organizada donde sí hay reglas y un sentido de pertenencia negativo. En estos grupos delictivos, hay reglas, lealtad y antivalores”, agrega Rita.

“Nosotros ya decidimos que no vamos a meternos con los Zetas”, dice el anónimo joven. “Los tratan mal. Una vez nos vino a decir uno que los amarran a una silla y les pegan. Nosotros no vamos a entrar a eso”, afirma el muchacho.

La abuela mira la escena y se pone a cocinar algo para la noche. Chamboy y el muchacho salen a la calle para rezarle a la Virgen. Al lado de la casa, se lee una plegaria: “Acuérdate, oh piadosísima Virgen María…”.

¿Quiénes son?
Los Zetas son una organización criminal mexicana fundada en 1994 por militares que desertaron. Se le atribuyen los delitos de tráfico de drogas , extorsión, secuestro , homicidios, tráfico de personas y el robo de autos.

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