19 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

(Opinión) Una habitación en el hotel Anderson

“Si te sientes en un mundo de decorados pintados a mano, real pero con toques de cuento infantil, seguramente estás en el planeta Anderson”.

(Opinión) Una habitación en el hotel Anderson

Por: Verónica Klingenberger

Hay un truco para saber si la película que acabas de ver lleva la firma de Wes Anderson. 1. Detectar la aparición, protagónica o brevísima, de algún miembro de su pandilla: Bill Murray, los hermanos Wilson, Jason Schwartzman, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, etc. 2. Reconocer el deterioro familiar de sus protagonistas: hermanos enamorados, padres e hijos que se reencuentran, madres que los abandonan. O lo que podría resumirse como “Family: zero”. Anderson se mueve bien en ese mundo disfuncional porque ahí encuentra tragedia y comedia, y porque tal vez ese sea el mejor contexto para que se geste una verdadera lealtad entre sus personajes, tema central de casi todas sus películas (y pongo el “casi” por cobarde). 3. La puesta en escena te dará algunas pistas: el uso de lentes angulares y la obsesiva simetría puede ser una buena manera de descubrir su autoría. Además de la manipulación de los colores y el cuidadoso diseño de cada encuadre. Si te sientes en un mundo de decorados pintados a mano, real pero con toques de cuento infantil, seguramente estás en el planeta Anderson. Y lo más probable es que no quieras salir de él.

Hasta Martin Scorsese es fan de Wes Anderson. Hace 12 años escribió un artículo tributo en el que comparaba su cine con el de directores como Jean Renoir. “Recuerdo haber visto las películas de Renoir de niño y sentirme conectado con los personajes a través de su amor hacia ellos. Pasa lo mismo con Anderson”, escribió. Y es cierto. Sus personajes –que suelen ser siempre muchos– han sido delicadamente construidos, desde el vestuario –basta con recordar los buzos de Ben Stiller y sus hijos, el ridículo uniforme de Sizzou (Bill Murray) y toda la desquiciada tripulación del Belafonte, el impecable traje de M. Gustave (Ralph Fiennes), el adorable conserje del Gran Budapest, o la casaca con toques nazi y compartimentos para armas y alcohol de J.G. Jopling (Willem Dafoe)– hasta esa peculiar manera que tienen de hablar: “Siento mucho su pérdida”, le dice Royal Tenenbaum (Gene Hackman) a sus nietos, dos niños que intentan sobreponerse a la reciente muerte de su madre. “Su mamá era una mujer terriblemente atractiva”, remata. O como cuando Gustave exclama ante el cadáver de su octogenaria gran amiga y amante, Madame Céline Villeneuve Desgoffe-und-Taxis (Madame D): “Te ves tan bien, querida, de verdad. No sé qué tipo de crema te han puesto en la morgue, pero quiero un poco”.

Y eso nos lleva a lo más importante. El humor de Anderson. Ese humor infantil y absurdo que nace y se tonifica en esos mundo herméticos, fantásticos, imposibles. Una clínica mental, una escuela, una casa familiar, un bote, un tren, un hotel. Y es probable que ese humor tenga un origen más bien dramático. Cuando tenía tan solo ocho años, sus padres se divorciaron y los hermanos Anderson siguieron la típica agenda que llevan los hijos de una separación: de lunes a viernes con mamá y los fines de semana con papá. Fue en ese contexto que el niño Wes empezó a imaginar sus primeros mundos. Y a mentir. “Siempre pretendía que era rico. Dibujaba mansiones, pequeños castillos en los Pirineos. Páginas y páginas de fantasía para mí”. Y de alguna manera, muy probablemente de la mejor, eso es lo que sigue haciendo, meticulosamente, obsesivamente, pendiente de cada elemento. Sus películas están pensadas al detalle como si las viera en su cabeza antes de rodarlas. Los decorados, la música, el tipo de negativo que usa, todo ha sido cuidadosamente construido para rehacer la misma historia, con la misma pandilla de siempre.

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