21 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

(Opinión) La ciudad ideal

“Entonces imagino que la ciudad ideal queda en un punto medio entre Lima y Barcelona. El Pacífico golpea a la Barceloneta. El cebiche desplaza a los mejillones de lata”.

(Opinión) La ciudad ideal (Foto: M.forocoches.com)

Por Verónica Klingenberger

Faltan como un millón de horas para llegar a Lima . No exagero. Llevo un Rivotril de 0,5 mg dentro, un antifaz de tela sobre la frente, unos audífonos que no logran aislar del todo –en lo más mínimo– el insoportable ruido del vuelo AF 480 y una pepa de nostalgia atracada en el cogote y que me sube del pecho a la garganta cada vez que el capitán se encuentra con alguno de esos baches aéreos conocidos como “turbulencias”. (Alguna vez vi una película llamada Turbulencia II. El capitán y la tripulación se la pasaron temblando durante dos horas en un avión de tecnopor. Sobrevivieron todos, y capitán y azafata se besaron en el aeropuerto).

Regreso a Lima luego de pasar un mes en Barcelona, ciudad en la que estudié dos años y en la que estaría bien refugiarse para siempre de la Lima de Castañeda y Keiko (sicariato incluido). Por algún motivo –la melancolía del caso o el desesperante aburrimiento, quien sabe–, pienso que Lima y Barcelona son universos paralelos que se activan y desactivan cada vez que llego a uno de ellos, cualquiera que sea el aeropuerto, el Prat o el Jorge Chávez. Y entonces imagino la ciudad ideal. Esa que queda en un punto medio entre las dos. El Pacífico golpea la Barceloneta. El cebiche desplaza a los mejillones de lata.

En la ciudad soñada, el pijama a colores es uniforme y los ciudadanos son pacíficos somnolientos que se saludan con la mirada aturdida de quien acaba de levantarse. Hay sofás en todas las esquinas y pequeños robots-mini-bar que se pasean silenciosamente por las calles. En cada paradero, hay un home theater para ver lo que se quiera. La gente no habla mucho. Jamás grita. La ciudad perfecta queda cerca al mar y muy lejos del diseño modernillo. Un censo realizado cada dos días constata la feliz existencia de tan solo 20 individuos en la metrópoli soñada. Pero posteriores investigaciones advierten que el número de sus habitantes es mucho mayor, solo que la mayoría se niega a responder las encuestas por dos razones: a) dormían la siesta, b) consideran de mala educación hablar con la boca llena.

En la ciudad perfecta no se trabaja. Se lee mucho, se miran pelis, se toma una copita de vermut en el desayuno, se toman cañas por la tarde en terracitas soleadas junto a los amigos. El resto del tiempo se fija la mirada en un punto del techo preguntándose si es mancha o araña. La vida es simple ahí. No hay nacionalidades y la palabra inmigrante tiene el mismo sentido que hopribud. Tampoco hay personas muy seguras de nada. Todos parecen despistados y todos se sienten un poco inseguros de sí mismos. El Suizo de La Herradura reemplaza a la Torre Mapfre y el civismo catalán aplasta la canallada criolla. Familia y amigos están cerca cuando uno los necesita. No tiene que tomarse el metro ni es necesario volar 15 horas para abrazar a alguien. Ahí, la teletransportación no es broma, se llega a la hora y uno se larga con solo desearlo.

La tripulación está lista para el aterrizaje. Todos los pasajeros se abrochan los cinturones y colocan sus asientos en posición vertical. El avión toca Lima. Los peruanos aplauden. Y el Rivotril hace efecto justo ahora.

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