25 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

No, gracias [OPINIÓN]

“De repente la respuesta es simplemente hacer un esfuerzo y decir la verdad, aunque ello suponga tragarse algunos sapos y escuchar la comprensible irritación de tu interlocutor”.

No, gracias [OPINIÓN] "Es un rasgo muy feo de esta nueva peruanidad. ¿Habremos sido siempre así?".

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Se ha convertido en parte de nuestra idiosincrasia. Es el falso “sí, lo conversamos” cuando en el fondo todos sabemos que no pasará. O es algo peor: es el silencio como último recurso de todos los ocupaditos del Perú o de nosotros, los deleznables cobardes que preferimos desaparecer antes que dar la cara para decir “no, gracias”.

Es probable que la mayoría haya estado en ambos lados: que nos hayan tenido tonteando y que hayamos paseado durante días a alguien. ¿Acaso nunca prometimos ir a ese cumpleaños para luego inventar la mejor excusa y quedarnos bien arropados en casa? Es normal, supongo que nadie quiere herir los sentimientos de ese buen amigo diciéndole: “oye, en verdad prefiero quedarme viendo Netflix que ir a tu santo y tener que hablar sin parar con esos plomazos”. Es extenuante de solo pensarlo. ¿Y cómo decirle a esa agencia que al final el proyecto que tanto los entusiasmaba se canceló o que simplemente los números no daban para concretarlo?

De repente la respuesta es simplemente hacer un esfuerzo y decir la verdad, aunque ello suponga tragarse algunos sapos y escuchar la comprensible irritación de tu interlocutor. Tu amigo insistirá en que vayas (sí, ya sabemos lo pesado que es eso) y la agencia mostrará su disgusto e incluso es posible que quiera cargarte alguna penalidad por haber trabajado largas horas en ese proyecto que al final quedó en el aire. Pero sea como sea, hay algo que está muy mal en no decir nada o en decir “sí” cuando en verdad será “no”. Es un rasgo muy feo de esta nueva peruanidad. ¿Habremos sido siempre así?

Algunos argumentan que son estos tiempos rapidísimos y esta supuesta falta de tiempo aunque esa excusa no llega a convencerme del todo. Creo, más bien, que es algo así como un nuevo estilo, heredado del típico atorrante corporativo: leí tu correo pero simplemente no respondo porque mi jefe me hace lo mismo y su jefe le hace lo mismo y así nos sentimos bacanazos con 100 correos sin responder (pobres, es que suelen copiar a toda la empresa para casi cualquier cosa). ¿La no respuesta será la nueva Porsche Cayenne? Alguien debería hacer un taller y vendérselo a las corporaciones: “Cómo dejar de ser un impresentable y responder ese correo en algún momento (sea de quien sea)”.

Decir “no” es difícil, porque le tenemos miedo al conflicto. No queremos que nadie se resienta ni tampoco que nos critiquen o insistan en convencernos de algo que ya sabemos bien que no va más. ¿Acaso no lo saben los padres mejor que nadie? Decir “no” es probablemente lo más dificil que les ha tocado aún cuando estén seguros que parte de la educación de cada niño supone establecer límites claros. ¿Pero quien quiere hacerle daño a su propio hijo? Porque la pataleta es sufrimiento. Y por otro lado, qué gran temor ese de que dejen de querernos.

Pero hemos llevado el sí demasiado lejos. Los extranjeros que viven en nuestro país respaldarían lo que escribo sin chistar. Y eso porque en otras sociedades el miedo al conflicto no es tan grande como el nuestro. Está bien discutir, está bien discernir, está bien decirle a otro cosas como “no me gusta para nada lo que dices por tales razones” o “tu presupuesto nos parece carísimo y nos va a ser imposible trabajar contigo en este proyecto, lo siento”. Aprendamos a decir que no educadamente, a dar razones y sobre todo, a responder siempre. Es el mínimo respeto que nos merecemos.

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