17 de noviembre de 2018
Redacción Publimetro |

'Mafia rusa', por Verónica Klingenberger

“No hay forma de descubrir si un atleta se dopa o no cuando cuenta con asesoría médica del más alto nivel”.

'Mafia rusa', por Verónica Klingenberger (Foto referencial: Shutterstock)

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Imposible ver a un deportista de alto rendimiento sin cierta sospecha luego de Icarus, el documental de Netflix nominado al Oscar. ¿Partidos de tenis que duran más de 4 horas a más de 40 grados? ¿Ciclistas que pedalean hasta el infierno y tienen fuerzas para alzar los brazos llegando a la meta? ¿Futbolistas que corren 90 minutos golpeándose piernas y cabezas como gladiadores? ¿Mates de coca? Bah. La naturaleza humana es competitiva hasta la trampa. Y la trampa, cuando se hace bien, es imposible de descubrir.

Bryan Fogel empieza su película como un ciclista aficionado, fan de Lance Armstrong, que decide competir dopado en la carrera de ciclistas amateurs más exigente del mundo. De la manera más simple, contacta al doctor ruso Grigory Rodchenkov, director del programa antidoping de Moscú, uno de los 34 centros dedicados al análisis de muestras por encargo de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). Uno espera que la historia siga en la onda de Super Size Me y sucede durante algún rato: lo vemos inyectarse en el muslo, entrenar como Rocky, mejorar su rendimiento, congelar sus pruebas de orina, hablar con Rodchenkov por Skype, recibirlo en Los Ángeles, viajar a Moscú para verlo. Y entonces, el experimento que parece no llegar a mucho –para ser campeón del mundo se necesita más que drogas– empieza a ensombrecerse por una historia enorme: Rodchenkov es el último eslabón de un política estatal de dopaje encabezada por el mismo Vladimir Putin.

Rodchenkov fue un atleta de la Universidad en Moscú al que le gustaba doparse (su propia madre le ponía las inyecciones). Encantado por el efecto de los fármacos en su rendimiento –confiesa haber probado casi todas las sustancias prohibidas–, se convierte en un experto en dopaje y en el 2005, ya como jefe de laboratorio, empieza a trabajar para el servicio de inteligencia ruso. Fuera de su país, se vende como enemigo del dopaje, da conferencias y publica artículos en revistas científicas. Es algo así como un doble espía que va dando pistas falsas para llevar a cabo su plan.

Icarus –el nombre no es por gusto– devela la ambición y corrupción desmedida de un país con una trayectoria olímpica impresionante. La película va desarrollándose en dos planos paralelos. Por un lado, la decisión de Rodchenkov de hacer público el programa de dopaje –el cóctel diseñado por él fue motivo de muchas medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Londres (2012), en el Mundial de Atletismo en Moscú (2013) y en los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi (2014)–. Por el otro, su exilio personal al constatar que su vida corre peligro luego de un reportaje publicado en The New York Times a partir de sus declaraciones, que termina por destapar el escándalo.

Científicos internacionales estudian cada año más de 300.000 muestras procedentes de todo tipo de deportistas pero a la larga, y ese es el gran statement de Icarus, no hay forma de descubrir si un atleta se dopa o no cuando cuenta con asesoría médica del más alto nivel. El espectáculo y la multimillonaria industria de los deportes valen más que la verdad. ¡Nos vemos en Rusia 2018!

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