18 de octubre de 2017

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'El éxito es un cuento', por Verónica Klingenberger

“En un país acostumbrado a la derrota, el exitismo es la nueva fórmula para vender historias”.

'El éxito es un cuento', por Verónica Klingenberger Foto: Shutterstock

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

El afán desmedido por tener éxito ha dado pie al autobombo más descarado. Lo hay de todo tipo. El mainstream y el outsider. Los Gastón Acurio del arte y la literatura (todos son brillantes, todos son geniales) y los renegados sin tribuna que son pura chispa e ironía porque no tienen nada que perder (lamentablemente, son casi la única voz crítica que nos queda –aunque también sea una voz fragmentada y superficial).

Las redes son algo así como un kiosco que vende muchas revistas personales. En ellas todos somos editores: publicamos lo que nos interesa, pero también lo que mejor nos ayuda a vender. Difícilmente podremos dejar de compartir, por ejemplo, cualquier logro alcanzado, por más pequeño que sea. Si ganamos un premio, publicamos un libro, tuvimos un hijo o corrimos 5 kilómetros con una panza descomunal y llegamos a la meta media hora después. A nadie le importa que a nadie le importe. Es casi como si ganarte el pan pase primero por ganarte un like, sobre todo, en algunas profesiones.

Los artistas (escritores, fotógrafos, ilustradores, etc.) deben consolidar un público y hacerse conocidos para sobrevivir sin otro empleo. Sin mecenas ni incentivos, la producción artística debe ser acelerada y la autopromoción es la única salida en un país sin Estado ni periodismo cultural riguroso. Alentados por la notoriedad que dan las redes sociales surgen casos extremos como los del ilustrador peruano Christian Hova, quien mintió descaradamente en sus cuentas de FB e Instagram, primero, y en distintos medios después. Hova aseguraba haber ilustrado cuatro portadas alternativas para películas de la Marvel, y tres carátulas de la revista The New Yorker. Luego del destape, vinieron la vergüenza ajena, el cargamontón, las disculpas del caso y cierta compasión. Y aunque casos tan extremos suelen ser síntoma de patologías muy particulares, el fustán que se asoma se me hace conocido.

Desde el doctorado en Ciencias Ocultas de Alan García (Urresti dixit) hasta el CV de un sujeto que aseguraba haber asesorado al primer ministro de un país que no tiene primer ministro (caso real incluido en una recopilación de la CNN hace un par de años), la mentira (de todos los tamaños y formas) es una vieja y efectiva herramienta para conseguir dinero y reconocimiento. (¿Por qué no está bien visto morir sin dejar rastro?). Recuerdo también un reportaje de Hildebrandt en el que la intelligentzia limeña opinaba sobre un libro que jamás se había escrito. Algunos incluso se atrevían a desarrollar elaboradas fantasías como no haber tenido la oportunidad de leer la obra, pero sí un ensayo sobre la misma.

Vivimos inmersos en las fake news desde hace mucho. No tan estridentes ni totales como las de Hova, pero sí en esa exageración constante, muy promovida últimamente por los medios, obsesionados por vender casos de éxito internacional que no existen como tal. Hasta el éxito de la cocina peruana es, de alguna manera, un gran invento. En un país acostumbrado a la derrota, el exitismo es la nueva fórmula para vender historias. Lástima que la mayoría sea puro cuento.

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