25 de septiembre de 2018
Redacción Publimetro |

La cultura del roche (OPINIÓN)

¿Vivimos avergonzados? ¿Los peruanos siempre tenemos que ser ‘arrochadores’ o ‘arrochados’? Nuestra columnista Verónica Klingenberger expone su punto de vista sobre nuestra ‘rochosa’ manera de ser

La cultura del roche (OPINIÓN) (Foto referencial: Shutterstock)

VERÓNICA KLINGENBERGER

Desde hace un tiempo, amaso una teoría. La idea surgió a partir de algunas experiencias de las cuales describiré solo dos. En la primera, dos amigas peruanas y yo mirábamos desde arriba un conciertito folk en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. La estrella era una chica catalana. Sus canciones eran horribles y nos recordaban a los típicos cánticos de parroquia. Su público, a diferencia de los tres buitres peruanos antes descritos, celebraba cada cierre con entusiasmo.

En ese contexto, entre los viles susurros y risitas cobardes, apareció la primera sospecha sobre el gran obstáculo que representa la cultura del roche para todos los peruanos.

En la segunda, dos limeños participan de un congreso en un país cualquiera. El expositor pide que algunos voluntarios se pongan de pie y expongan un caso sobre su país. Los dos peruanos se miran aterrados y se esconden detrás de las cabezotas de un brasileño y un holandés. Lo último que quieren es correr el riesgo de decir algo que sea motivo de vergüenza propia y ajena. Como en el colegio, cruzan los dedos para que no los llamen. Lo verdaderamente vergonzoso es que no estamos en el colegio.

Los asistentes al congreso son personas entre 35 y 50 años. No dicen nada muy brillante, pero al menos dicen algo. Los peruanos se miran una vez más y comparten una risita cómplice a lo lejos.

La teoría del roche –teoría que, confieso, me da cierto pudor compartir– sostiene que una gran mayoría de peruanos sentimos vergüenza de casi cualquier cosa. Nuestras razones tenemos. El roche empieza a crecer en nosotros desde temprano y tiene un motivo monstruoso y real: el bullying sistemático.

La popular lorneada; el clásico di algo, estás frito. Esa cultura de supervivencia callejera, tan típica de Lima (en provincia sospecho que es parecido); no solo avala la mofa pública, sino que la convierte en el deporte más practicado del país. Compruébalo en cualquier reunión entre amigos, en el trabajo, o en tu propia casa. Los apodos son una de las armas más usadas. “Calla, mamá de Galdós!”, “arranca, C3PO crespo”. Gana el que más risas acumula y la mejor forma de zafarse del maleteo es irse rápidamente contra otro y lanzar la broma más cruel que se te ocurra. Valen todas las formas de discriminación que se te vengan a la mente.

Para destacar, debes pensar siempre en estereotipos, reaccionar como un resorte y, sobre todo, tratar de mantener un perfil bajo. En un contexto como ese, difícil expresarse. La teoría del roche sostiene que todas nuestras formas de expresión artísticas y sociales serían tremendamente más ricas si en vez de encontrarnos con la sorna más despiadada supiéramos que nos esperan interlocutores más sofisticados. Algo así como los catalanes del MACBA. Escuchaban, aplaudían. Algunos eran más entusiastas. Pero todos consideraban al artista y se lo hacían saber. Ya, no todos, ya sabemos que había tres ratas infiltradas. Pero en contextos así, donde la expresión de un individuo es recibida con interés y consideración, empiezan a generarse comunidades y colectivos interesantes que terminan convirtiéndose, muchas veces, en industrias.

Para terminar, no se confunda el roche con el ridículo. Los peruanos somos seres complejos. Muchos temen al apanado verbal en una parrillada con amigos, pero no muestran pudor a la hora de producir programas como Combate, por mencionar lo menos. La platita al contado es siempre buen pretexto para superar cualquier vestigio de decoro.

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