20 de noviembre de 2017

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'Concursos de Arquitectura', por Jorge Sánchez Herrera

“Los concursos públicos permiten que todos los arquitectos compitan en igualdad de condiciones, así sean jóvenes o ‘desconocidos’”.

'Concursos de Arquitectura', por Jorge Sánchez Herrera La imagen es refencial. (Foto: USI)

Jorge Sánchez Herrera – Nómena Arquitectura
Arquitecto/Urbanista
jorge@nomena-arquitectos.com

Para nosotros los arquitectos, los concursos públicos de arquitectura son una tradición muy arraigada en la carrera. Muchas veces se convierten en la única oportunidad para llegar a diseñar edificios realmente trascendentes para la ciudad. Los concursos son tan antiguos como la misma profesión. En 1418, la Ópera del Duomo convocó a un concurso para el diseño de la famosa cúpula de la Iglesia de Santa María del Fiore: la Catedral de Florencia. El concurso lo ganó Filippo Brunelleschi, con 41 años. La misma edad que tenía Raymond Hood al ganar, 500 años después, otro de los concursos más famosos de la historia: el edificio para la nueva sede del Chicago Tribune.

Los concursos públicos permiten que todos los arquitectos compitan en igualdad de condiciones, así sean jóvenes o “desconocidos”. A comienzos de los años 70, Richard Rogers y Renzo Piano saltaron a la fama, con 38 y 34 años, respectivamente, al ganar el concurso para el nuevo Centro Pompidou, uno de los edificios más revolucionarios del mundo. Hubo casi 700 participantes.

Y así la tradición ha seguido vigente. Las ciudades utilizan este mecanismo para elegir la mejor propuesta posible para un edificio público; y los arquitectos, en una extraña combinación de perseverancia, excitación y masoquismo, dedican cientos de horas de trabajo con la esperanza de que su proyecto sea elegido.

La mayoría de nuestros vecinos utilizan este sistema para elegir el diseño de sus edificios públicos. Colegios, bibliotecas, museos, parques y conjuntos de viviendas sociales en Colombia, Chile, Argentina y Uruguay son constantemente premiados no solo por su diseño y calidad, sino también por las transformaciones que generan en sus barrios.

Aquí la cosa no solía diferir. Algunos de los principales edificios construidos el siglo pasado en Lima fueron elegidos a través de concursos públicos: el Centro Cívico, el edificio de Petroperú, el Ministerio de Pesquería (hoy Museo de la Nación) o la Biblioteca Nacional. Pero desde 1998 la Ley de Contrataciones con el Estado no permite los concursos públicos de arquitectura. Desde entonces, los proyectos se eligen en base a criterios cuantitativos y no cualitativos, es decir, se elige el más barato. Esto resulta en que un edificio público de cualquier escala y a cualquier nivel de gobierno tendrá un bajísimo nivel de diseño. Desde la caseta de serenazgo hasta el Centro para el Adulto Mayor, pasando por cualquier sede municipal o ministerial.

Los pocos edificios públicos que han logrado salir del espectro de la ley han resultado en excelentes diseños. El Lugar de la Memoria es un buen ejemplo. Resultado de un concurrido concurso público, el edificio ha sido multipremiado por su diseño tanto aquí como en el extranjero. También son buenos ejemplos el futuro Museo Nacional de Arqueología, el nuevo Centro de Visitantes de Machu Picchu y el futuro Archivo de la Nación. Todos concursos públicos ganados por muy buenos arquitectos, muy jóvenes en muchos casos.

La restitución de la práctica de los concursos públicos de arquitectura es fundamental en un país que tanto necesita de buenos edificios, más aún en tiempos de tanta construcción, reconstrucción y Juegos Panamericanos.

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