16 de noviembre de 2018
Redacción Publimetro |

Ciudad infierno [OPINIÓN]

¿Y si me voy a una ciudad más pequeña donde la gente haya evolucionado al menos hasta el punto de que le preocupe profundamente importunar a otro por cualquier motivo, por pequeño que sea?”,

Ciudad infierno [OPINIÓN] (USI)

POR VERÓNICA KLINGENBERGER
Periodista
@vklingenberger

Las grandes ciudades requieren grandes ciudadanos. Personas enfocadas, todo el tiempo, en el respeto hacia el otro. Personas que entiendan que todas nuestras acciones tienen una consecuencia directa en la vida de otras miles de personas que, por alguna razón que aún me cuesta entender, han decidido vivir en el mismo espacio. Tu alarma, tus bocinazos, tu auto mal estacionado, el asiento que no quieres ceder, tu cara de poto al cruzarte con un vecino que te sonríe, el parque que ensucias, el volumen con el que escuchas esa música que para ti es genial pero que para el resto es peor que el ruido, la imprudencia con la que manejas tu combi o tu BMW, los arbitrios que no pagas, el peatón al que no le cedes el paso, tus escupitajos, tus insultos, tu discriminación a todo lo que no sea como tú, todo suma a que la ciudad más contaminada de Latinoamérica sea también una de las menos felices. Al final, ¿todo no se trataba de eso? Pues vamos mal, muy mal.

Las mejores ciudades del mundo son aquellas que mantienen el concepto de comunidad y lo respetan, pero eso se hace complicado cuando los índices de educación son bajos. Nuestro alcalde es el primer ejemplo de achoramiento cívico, una personificación clara del “hago lo que me da la gana y si no te gusta me importa un rábano”. No es el único y finalmente está ahí por algo: Castañeda representa a la mayoría de limeños, esos que lamentablemente aprendieron a vivir según el “sálvense quien pueda” (los de menos recursos) y el “te jodes tú porque aquí mando yo” (los de mayores ingresos).

Muy cerca de donde trabajo, veo cómo diariamente chicos con las facilidades económicas como para tener su propio auto, por ejemplo, se cuadran en garajes u otras zonas prohibidas (como esquinas) y cuando les recuerdas que están haciendo algo indebido te responden: “es un toque, una horita y regreso”. La idea es la misma: yo estoy sobre el otro. Lo que no saben es que está comprobado que la fórmula inversa nos haría mucho más felices. Me pregunto también si su razonamiento es producto de la carrera que eligieron: los jóvenes de los que hablo estudian cocina y en vez de compartir lecturas intercambian recetas.

Llevo años convenciéndome de que la ciudad no es para mí. Mucho menos esta. Cada dos noches me desvelo imaginando otros escenarios posibles: ¿y si me voy al campo y resuelvo en un solo día de la semana todas las reuniones y trámites necesarios? ¿Y si me voy a una ciudad más pequeña donde la gente haya evolucionado, digamos, al menos hasta el punto de que le preocupe profundamente importunar a otro por cualquier motivo, por pequeño que sea? También me hago otras preguntas: ¿Por qué hemos decidido vivir todos apiñados en un desierto nublado donde el 80% de nuestra vida se va en trabajar para poder pagar servicios y productos cada vez más caros? ¿De verdad no nos queda otra?

Hace unos días leí una noticia que me entusiasmó. Un grupo de ancianos españoles “con diferentes criterios e ideologías” (así decía la nota de El Mundo) ha invertido todos sus ahorros en un proyecto que les permite convivir bajo una fórmula cooperativa única. Han construido –de forma bioclimática por filtración y geotermia, una energía renovable y económica– una comuna de 16 mil metros cuadrados que cuenta, además de sus respectivas viviendas, con un complejo espacio de zonas comunes como biblioteca, hemeroteca, gimnasio, mini spa, salas de música, pintura y hasta un claustro zen.

Estoy evaluando seriamente acompañarlos, aunque me toca esperar 8 años para cumplir con los requisitos de edad. Todo bien mientras no terminemos como en esa película de la isla y Leonardo Di Caprio. Pero, por ahora, qué tal si nos concentramos en una fórmula simple de convivencia: el respeto por el otro. Vamos Lima, a demostrar que tenemos otras preocupaciones además de llenar el buche con todas sus cremas.

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