07 de diciembre de 2016

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Felícita Feffer: “La familia es el mayor soporte cuando se tiene un cáncer”

Esta paciente de cáncer de mama nos cuenta el secreto para afrontar de la mejor forma la enfermedad. A sus 82 años, es un ejemplo de vida, voluntad y superación.

Felícita Feffer: “La familia es el mayor soporte cuando se tiene un cáncer”

Marcos Chumpitaz

¿Cómo se enteró de que tenía cáncer de mama?

Fue hace quince años, el 2003. En verdad, la que descubrió que tenía cáncer fui yo. De curiosa, asistí a una charla que iba a realizar la Liga Contra el Cáncer en el movimiento apostólico Hermandades del Trabajo, al que pertenezco. Estaban enseñando los pasos del autoexamen. En esa época, se creía que la detección solo se daba entre los 40 y 50 años. Yo a mis 67 no lo necesitaba, supuestamente. Sin embargo, me metí y aprendí. Un día me palpé un bulto en el seno. Inmediatamente fui al médico y me hicieron una mamografía. Ahí empezó todo.

La gente suele tener temor ante una noticia así. ¿Cómo reaccionó en un principio?

Yo estaba muy tranquila. Sin embargo, mi familia se preocupó mucho. Yo no tengo hijos, pero sí hermanos que estuvieron conmigo siempre, acompañándome a las consultas, las pruebas y todo. Cuando me confirmaron que tenía cáncer de mama, lo primero que pensé fue: “Y ahora, ¿cuál es el siguiente paso?”. Mi cáncer estaba en etapa avanzada, por eso, debía operarme inmediatamente. Creo que los nervios iniciales se esfumaron cuando me puse a pensar en todo lo que vendría…

Imagino que la etapa de quimioterapias fue una de las cosas más difíciles…

Sí, ahí sentí que empezaban los problemas. Las quimio te dejan muy débil. Yo sentía mucho dolor. Es un proceso sin duda difícil. Sin embargo, siempre hay una luz de esperanza. Una vez, en el hospital donde recibía las quimio, había un grupo de voluntarias que hacía una actuación. Bailaban, cantaban, se divertían. Yo de curiosa fui a ver, a pesar de que estaba débil. Cuando vi toda esa algarabía, me contagié. Me puse a cantar y recitar ahí en el escenario. Ellas eran de la asociación Oncovida Perú. En ese momento, sentí que yo también debía ayudar a otras mujeres que pasaban lo mismo que yo.

En esta asociación, uno se olvida de la enfermedad. Siempre bromeamos, hacemos actividades. Eso eleva nuestro espíritu, nos llena de ánimos. Es la mejor forma de enfrentar el mal.

¿Qué pasó luego de su primer tratamiento?

A los cinco años de la operación, descubrieron que el cáncer se había diseminado a la columna. La noticia me tomó por sorpresa, pero como ocurrió la primera vez, seguí adelante. Nunca me rendí. Además, ya era caserita del cáncer (risas). No podía hacer otra cosa. Si me deprimía, era peor. Si te das cuenta, el estar activa, alegre y siempre con una sonrisa, me ha hecho aguantar todo esto. A mis 82 años, yo sigo adelante. El cáncer no me ha vencido…

¿Qué papel juega la familia en este proceso?

Es el mayor soporte cuando se tiene la enfermedad. Por eso, en la asociación siempre recalco ese tema. Los familiares deben estar siempre al lado del paciente. Nunca engreírlo demasiado, ni ser indiferente en extremo. Siempre, un término medio.

¿Qué le recomendaría a aquellas mujeres que acaban de ser diagnosticadas con cáncer de mama?

Que no se depriman. Deben hacer todo lo contrario. Buscar soluciones, alternativas. Hay que hacer las cosas con sangre fría. El cáncer es un campo de batalla. Hay dos ejércitos en pugna: tus células buenas y las malas. Si las células buenas están débiles, las malas van a ganar. Por eso, hay que mantener el cuerpo activo y siempre sonreír. Ese es el secreto.

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